UNA DE ESCALADA. LA AGUJA ROJA. RIGLOS, HUESCA

18-06-2016

Texto: Sonia Linacero 
Fotos: José Fernández

Después del partido de pádel del viernes, Jose me propone ir a escalar el sábado a Riglos y hacer una vía de largos. Aunque me había reservado el sábado para hacer cosas pendientes, decido pillar el arnés y el casco y aceptar la propuesta.



Nos vamos pues hacia Riglos y tras la parada de rigor para un café en Ayerbe, llegamos al parking sobre las 10,30. Hace viento y éste viene bastante frío para la fecha que estamos. Faltan tres días para el comienzo del verano y deberíamos vestir con pantalón corto y camiseta. Además de coger todo el equipo, el viento nos anima a meter en la mochila ropa de más, que la vía es cara norte y sombría. Nos ponemos en marcha buscando el sendero que nos suba a pie de vía, pero nos hemos dejado el machete. Al poco de encontrar el camino, agradezco no llevar pantalón corto. El sendero es demasiado espeso, lleno de arbusto bajo espinoso que se engancha en la ropa y en la mochila y a veces es difícil andar. Esto me hace llegar a dos conclusiones: o La Aguja Roja no es una vía demasiado frecuentada y por eso el sendero es muy cerrado o nos hemos equivocado de camino. Voto por la segunda, ya que la vía que hemos elegido es bastante famosa y por lo que he leído, ideal para iniciarse en largos por su bajo grado. 



Levanto la mirada y la vista es impresionante. Miro de frente a mi próximo objetivo y empiezo a preguntarme qué hago allí y por qué no me habré quedado en casa para hacer lo que tenía pendiente. Siempre me pasa lo mismo cuando voy a empezar una actividad. Aparece ese miedo inicial. Diosss...!!! qué grande es esto!! Seré capaz?
Llegamos a pie de vía. Comemos algo, repasamos el material y distribuimos en las mochilas lo que vamos a subir. Agua, algo de comida, móviles, ropa y demás en una mochila. La otra y el calzado se quedarán abajo.
La seguridad es lo más importante. Jose repasa una y otra vez el material y se asegura de que yo tenga claro los pasos a seguir. Es mi segunda vía de largos. La primera también la hice con él y por ejemplo, el reverso no lo he usado nunca. Me repite las cosas varias veces, se asegura que todo va bien y que todo es correcto.




Comenzamos. Jose va de primero. Abre la vía y yo le sigo. El primer largo es un diedro grado IVc que Jose me advierte que no entre, que escale en X por la parte de afuera. A lo que me doy cuenta, ¿dónde estoy? Dentro. Reculo y, cómo no,  tiene razón. Más fácil por fuera. La primera reunión es un trono al que llego después de rectificar. La vía es bastante vertical y a veces ni nos vemos. Aun habiendo perdido contacto visual en algunos tramos, seguimos hablando, aunque sea a gritos. Necesito sentir que no estoy sola ante semejante pared que tengo por delante, por mucho que sepa que es fácil y aunque haya repasado la reseña varias veces la noche anterior. A veces el viento se encañona y es imposible oírnos. Si abajo sopla muy fuerte y solo puedo oír su fuerza, cuando para, entonces pasa lo mismo arriba, y hasta que no cesa esa racha Jose no me puede oír a mí. Es necesario esperar a que cese para poder seguir en contacto.



Todo se desarrolla según lo previsto. Alcanzamos las reuniones sin problema alguno, cada uno a nuestro ritmo, recuperando cuerda, asegurándonos constantemente, ahora foto, espera que tengo calor...
Escalar en Riglos tiene su aquel. Por un lado, pararte ante semejantes moles y pensar que tú vas a ser uno de esos seres diminutos que ves pegados a la pared, impresiona demasiado y dudas si de verdad serás capaz de permanecer ahí más de diez minutos antes de huir. Por otro, al menos en las dos únicas vías de largos que he hecho en la zona (y en mi vida), los cazos de los que dispones y los bolos a los que tus manos se agarran con facilidad te permiten seguir sin problema. Estas dos sensaciones chocan en mi cabeza mientras voy avanzando. Inseguridad, insignificancia y fragilidad frente a estabilidad, firmeza y progresión.
En una reunión es el momento de beber un poco de agua. Sacamos el botellín y nos damos cuenta que hemos cogido el que está medio vacío.   
-  ¿Tú eres de beber mucha agua?
-  Si no hace mucho calor, no.
-  Menos mal.


Seguimos. Hemos alcanzado ya tres reuniones y el paso de V grado,  y cuando estaba terminando el penúltimo tramo, muy majete y disfrutón, CRONCH!! Rodillazo. Tampoco fue tanto, pero debí de darme en el punto exacto como para que se desprendiera algo de líquido o yo qué sé, el caso es que me empezó a molestar. Sólo quedaba el último largo, un IV muy fácil para llegar al final. Compruebo la estabilidad de mi rodilla y me temo que me puede fastidiar en los rápeles de descenso.
Ya en la cima. Estamos ante la Oya de Huesca y el Valle del Ebro que se presenta bajo nuestros pies. La vista es espectacular, hacemos fotos, y:

-  Sacamos algo para picar?
-  Yo no he traído nada.
-  Ostras, pues yo me lo he dejado en la otra mochila...
Cri, Cri, Cri...



Es hora de pensar en ir bajando. Tenemos dos cuerdas, pero Jose observa que una de ellas tiene algo que no le da mucha confianza. Montamos el rapel con las dos y comprueba varias veces que todo está bien, que yo estoy bien pillada, que me pondré el ocho de la manera más segura, que podremos recuperar las cuerdas cuando lleguemos a la siguiente reunión.
Cuando hago alguna actividad con cuerdas, me aseguro que el pelo lo tengo bien recogido. El viento tan fuerte se cuela por cualquier rincón y deshace todo lo que antes te has preocupado de sujetar bien. El caso es que no nos damos cuenta de que tengo algún mechón de pelo que sale del casco y baila por la cara. Desciendo el primer tramo y al mirar hacia abajo a ver si tengo algún arbusto o algo que sortear, se me engancha en el ocho un pequeño mechón de pelo, que conforme me voy moviendo se enreda más. Gracias a que únicamente fueron media docena de pelos, no pasó nada malo. Tiré de ellos y allí se quedaron. Error de novata total. En la siguiente reunión me aseguré de que todos volvían a estar dentro del casco.



Descendemos sin problemas los dos rápeles que nos quedan, aunque tengo que tener cuidado con mi rodilla. Llegamos a la base de la vía y al recuperar la mochila que se había quedado allí, me doy cuenta que dentro estaba mi cartera, las llaves de casa y las del coche. Si alguien con mala fe hubiera pasado por ahí y se hubiera llevado la mochila,  además de hacernos una putada gorda, le habría tocado la lotería. No tenía más que coger las llaves del coche, darle al mando a distancia y el que saludara con un 'Tuic, Tuic', ese era. Conclusión: cogimos la mochila equivocada. Subimos con la vacía y nos dejamos la llena.
Faltaba bajar hacia el coche. En lugar de volver por el espeso sendero de subida, probamos suerte por la parte derecha del mallo. Nos encontramos con un barranco que tuvimos que destrepar, alguna pedrera y de nuevo con la espinosa flora de la zona que se enganchaba en la mochila... y yo con mi rodilla de aquellas maneras.
Respecto a ésta misma, fui a la clínica a la que me mandó el seguro. Una placa, pues tiene usted una contusión que necesitará reposo, vendaje y listo. Cuando me estaba atendiendo el médico me pregunta:
-  ¿Dónde estabas escalando?
-  En Riglos.
-  En la Aguja Roja!
-  Pues si –me quedé perpleja. Lo llevaré escrito en la frente?

Resulta que el señor doctor había sido escalador y comienza a contarme batallitas. Entre otras, dijo que haciendo esa vía, una vez se encontraron un sillón en la cima. Y que cuando llegaron, como les molestaba, no sabían qué hacer con él y lo lanzaron al vacío. Ojiplática quedome!!



No llevo demasiado tiempo escalando, pero todo lo que percibo cada vez es mejor. Además de la sensación de auto superación continua, que la hay y mucha, la confianza en el compañero es fundamental. Cada vez que hago alguna actividad confío plenamente en la persona con la que voy, si no no iría, pero también tu compañero cuenta con que vas a finalizar con éxito, a no ser que surgiera algún accidente o imprevisto, y también confía en ti, porque su seguridad está también en tus manos. Y esa confianza mutua mola mucho. Qué grande!!!


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